ActualidadLifestyleMedio AmbienteVida saludableAire, agua y energía son los grandes desafíos medioambientales de España

El medio ambiente gana peso en la agenda mediática, al mismo tiempo que algún que otro político empieza a plantearse la gravedad del asunto y la sociedad invita a la movilización. Pero ¿cuál es la dimensión real del problema y qué opinan los científicos más importantes del país? La Fundación Gadea por la Ciencia ha preguntado a sus expertos en ecología, biología y medio ambiente para determinar cuáles son los mayores desafíos de España, analizar...
The Eco Post The Eco Post4 semanas ago19213 min

El medio ambiente gana peso en la agenda mediática, al mismo tiempo que algún que otro político empieza a plantearse la gravedad del asunto y la sociedad invita a la movilización. Pero ¿cuál es la dimensión real del problema y qué opinan los científicos más importantes del país? La Fundación Gadea por la Ciencia ha preguntado a sus expertos en ecología, biología y medio ambiente para determinar cuáles son los mayores desafíos de España, analizar las vías necesarias para alcanzar el equilibrio entre el desarrollo económico y la conservación de la naturaleza, las políticas que se aplican en esta materia y el papel de Europa.

España desperdicia sus recursos medioambientales

Para Jaume Flexas, doctor en Biología por la Universidad de las Islas Baleares, los tres desafíos medioambientales más importantes a nivel nacional son “reducir las emisiones de CO2, racionalizar el uso del agua y avanzar en la transición hacia las energías renovables”. Aunque existen muchos otros, como la descontaminación de los océanos o la desalinización de los suelos, el experto destaca estos porque “por un lado, España es de los pocos países europeos que no solo no ha cumplido con los compromisos del Protocolo de Kyoto que firmó hace más de 20 años, sino que ha aumentado sus emisiones anualmente, por ejemplo, en 2017 fue un 4,4% más”.

Además, añade, “por su clima mediterráneo, la sequía es un factor ambiental de peso y la sociedad no se toma en serio el consumo de agua. Al ser un producto de primerísima necesidad, está muy subvencionado, pero si se sometiera a las reglas de la oferta y la demanda, su elevadísima demanda y su baja disponibilidad la convertirían en un producto de lujo”. Por último, “también choca que un país conocido por su sol produzca menos energía solar que los ‘perennemente nublados’ como Holanda o Alemania, aunque la supresión del llamado impuesto del sol abre una ventana de esperanza”.

Incentivos y penalizaciones, las claves de la política medioambiental

Frente a estos problemas conviene tener en cuenta los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística, que muestran que el gasto en protección ambiental aumentó un 3,6% en 2017 aunque, de este porcentaje, cerca del 70% se invirtió en la gestión de residuos y aguas residenciales y no en la protección del aire, el clima o la biodiversidad. “El incremento del gasto en este concepto es importante, pero el esfuerzo económico para contrarrestar nuestro impacto en el medio ambiente sigue siendo insuficiente. Atendemos a cosas urgentes como los residuos, pero nos olvidamos de lo importante, la conservación de ecosistemas sanos y funcionales”, asegura Fernando Valladares, doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid.

Para el experto, “es crítico incentivar jurídica y económicamente las actividades públicas, privadas, individuales, colectivas, institucionales y corporativas que contribuyen a mitigar el cambio climático y a mejorar nuestra capacidad de adaptación al nivel al que estamos y que será imparable a corto plazo”. Además, añade que “también es clave penalizar las actividades e iniciativas que incrementen nuestra huella climática o que no ayuden a reducirla”.

“Si el plástico llevase asociado su coste ambiental, la subida del precio sería un agente disuasor eficaz”

Según el Foro Económico Mundial, cada año terminan en los océanos ocho millones de toneladas de residuos plásticos y en 2050, habrá más plásticos que peces en nuestros mares, lo que para los expertos refleja “la punta del iceberg de nuestro impacto global en el medio ambiente”. Valladares explica que “solo su extensión y dimensión planetaria nos abruma, aunque no valoramos bien su gravedad. Existen muchas alternativas, pero, en definitiva, necesitamos un cambio radical en el modelo de consumo y este a su vez requiere esfuerzo económico y voluntad política. Si el consumo de plástico llevase asociado su coste ambiental real, la subida del precio sería un eficaz agente disuasor y reduciría su producción y uso indiscriminado. La sociedad necesita más información, no solo anuncios alarmantes, sino acercarles las alternativas que tienen a su alcance y que todavía no conocen”.

En línea con el último informe de la ONU sobre el estado de la diversidad del planeta, un millón de especies animales y vegetales están en peligro de extinción. “Aunque la declaración de reservas terrestres, marinas y áreas ayudaría, habría que optar por medidas más radicales, como la de ‘medio planeta’ que proponen Edward O. Wilson y otros, aunque es más complicado de aplicar”, explica Flexas.

Aunque 2030 es una fecha que está suficientemente lejos como para alcanzar ciertos objetivos, está demasiado cerca como para movernos a la acción ya mismo

Europa, el garante incondicional del medio ambiente

Fernando Valladares asegura que “mientras España jugaba a conservar un medio ambiente para el que en muchos casos tenía otros planes más ‘rentables’ con una visión miope y cortoplacista asociada a la sobreexplotación de la naturaleza, la Unión Europea le ha sacado los colores. Normativas como la directiva de hábitats o la red Natura 2000, que proceden de la UE, han servido para salvaguardar espacios privilegiados, así como la provisión de bienes y servicios que, de no ser por Europa, les habríamos perdido del todo”.

Pero ¿cuál es el límite para evitar una catástrofe global?

Para Valladares, “aunque 2030 es una fecha que está suficientemente lejos como para alcanzar ciertos objetivos, está demasiado cerca como para movernos a la acción ya mismo. Hay que llegar a 2030 con los deberes hechos y existe una posibilidad alta de sobrepasar límites irreversibles si no reducimos nuestra incidencia en la temperatura global mediante el efecto invernadero”.

Por su parte, Flexas asegura que solo se puede alcanzar un equilibrio ecológico si hay estabilidad en el ecosistema, tanto en el clima, como en la vegetación y, especialmente, a nivel demográfico. La especie humana está incrementando su población de forma exponencial, lo que supone mayores necesidades energéticas y alimentarias y un fuerte aumento de la contaminación y la erosión en el planeta. La estabilización de la demografía es un factor clave para alcanzar un equilibrio ecológico y, hoy por hoy, no se prevé”, puntualiza Flexas.

En esta línea, Fernando Baquero, director del área de Biología y Evolución de Microorganismos en el IRYCIS, precisa que “nuestra actividad humana explota y daña necesariamente el ecosistema. No es posible compatibilizar la existencia humana con la no-acción sobre los ecosistemas, aunque podemos aplicar ciertas medidas para controlarlo, por ejemplo, preservar ecosistemas clave”. En esta línea, asegura que “existen millones de especies, incluyendo los microbios, que son capaces de producir cambios ecológicos profundos, por ello lo importante será asegurar el ‘mejor medio ambiente’ para la obtención de recursos que nos permitan subsistir sin provocar efectos nocivos para la supervivencia de la especie”.

“La disyuntiva entre el desarrollo económico y la conservación de la naturaleza no es incompatible per se, sino por el actual modelo de desarrollo”. Al mismo tiempo, Flexas matiza que “algunos cambios serían de gran magnitud y conllevarían ciertas complicaciones como, por ejemplo, producir como lo hacíamos hace un siglo o reducir las importaciones y exportaciones. Sería un modelo más caro, pero más ecológico y, por tanto, un caso de incompatibilidad de ambas cosas”.

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